"El Patito Feo"
Autor: Hans Christian Andersen
Nombre del Genero: Narrativo
Había una vez, en medio de un hermoso bosque, una gran laguna, donde se reunían todos los animales a tomar agua y a compartir. En una orilla junto al agua había un nido, y allí estaba una mamá pata cuidando de sus huevos, emocionada porque sus esperados patitos estaban a punto de nacer.
De pronto, mientras mamá pata dormía empollando sus huevos, escuchó bajo ella un “crack” y luego otro… y después otros más. Emocionada, se despertó y se paró junto al nido y vio que los patitos estaban rompiendo sus cascarones, llegando al mundo, y ahora ya decían uno tras otro “Cuac, cuac” y sonreían al ver a mamá.
Uno, dos, tres… ¡Cuántos patitos! Y todos hermosos y sonrientes tras haber nacido. Mamá pata estaba feliz, pero notó algo: un huevo no se abría.
Volvió a cubrirlo con sus plumas y esperó un largo rato. Cuando estaba por dormirse se oyó bajo ella el esperado “crack”. Dio un salto y sonrió al ver que el huevo se estaba quebrando, pero luego se asustó al ver que de él salía un polluelo diferente a sus hermanos. Era gris, no tan bonito y mucho más grande. El recién nacido patito vio a su mama, sonrió y le dijo “Chip, chip”.
“Qué raro”, dijo mamá pata. “Es más feo que cualquiera. Pero mejorará con el tiempo, supongo”.
“Si no nada, definitivamente no es mío”, pensó mamá pata. Pero luego de un rato, el dudoso patito se armó de valor y se lanzó al agua… ¡Y qué bien nadaba! Mamá sacudió su cabeza como cambiando de tema, y llevó a sus pequeños al corral junto a las vacas, los caballos, las gallinas y demás habitantes de la granja.
Los demás animales lo veían y no lo creían. “Qué patito más feo”, le decían. El pobre solo seguía caminando y no los escuchaba. Así estuvo mucho tiempo, y siempre que llegaban visitas era igual: “Qué patito más feo”.
Donde fuera que estuviera, los animales se burlaban de él o no lo dejaban estar con ellos: en el corral, las gallinas lo señalaban; en el establo, los caballos se reían de él y en su propio hogar, sus hermanos se burlaban.
Un día, mientras esperaba por comida, los otros polluelos, llegaron donde estaba el patito y, en medio de burlas, hicieron que se pusiera tan triste que, cansado de los malos tratos que todos en el corral le daban, y sin pensarlo dos veces, salió corriendo de allí.
Fueron días difíciles, y así pasaron uno tras otro, hasta que una tarde, mientras nadaba solo buscando peces para comer, vio pasar volando a unas hermosas aves que parecían salidas de un cuento de hadas.
Mientras tanto, el patito solo observaba a aquellas aves alejarse volando mientras él desde el agua agitaba sus alas y movía su cuello lleno de emoción, pero no sabía por qué. Tal vez presenciar tanta belleza fuera emocionante, ¿verdad?
Un día, mientras andaba buscando dónde dormir, encontró una casa en la que vivía una anciana junto a dos animales que le hacían compañía: un gato y una gallina.
“Oye, tú. Acá en casa todos hacemos algo. La anciana nos cuida, yo maúllo y espanto ratones y la gallina pone huevos para comer. ¿Tú qué haces?”
Sorprendido, el patito no sabía qué decir, pues nunca había maullado, ni espantado ratones, ni puesto huevos. ¿Qué podría decirle?
Al no tener respuesta, el gato, con enojo, le gritó:
“¡Si no haces nada en casa, pues no te vas a quedar en casa!”, y con un salto atacó al patito feo. Llorando y lleno de miedo, el pobre patito apenas y pudo escapar de la casa para, de nuevo, estar solo.
Y el tiempo pasó. El patito que antes estuvo recorriendo el mundo yendo de casa en casa, de lago en lago, viendo como todos lo hacían a un lado, decidió que lo mejor era estar por su cuenta. Buscó y buscó y finalmente encontró, oculto, en un bosque espeso, un pequeño pantano y allí estuvo, escondiéndose, pues no quería que se siguieran riendo de él.
Viviendo en su pantano, alejado del mundo, el patito se dedicó a nadar y nadar, a comer lo que pudiera y a alegrarse con los pequeños logros de cada día.
Una mañana, mientras estaba en su pantano, el patito estaba tranquilo nadando de lado a lado. De pronto, oyó un ruido en el cielo. Asustado, levantó su cara hacia el cielo, tratando de ver de dónde provenía.
No vio nada, y pensando que estaba soñando, estaba por volver a su rutina de nadar y nadar cuando de repente… Otra vez, más fuerte, el mismo ruido de antes. Esta vez el patito se aseguró de que sí había algo y estaba cerca, y lo oyó claramente, un graznido se acercaba a su hogar.
“Pero qué raro. Ese sonido no me da miedo”, pensó el patito. “¿Qué es esto que siento?”
Vio cómo las majestuosas aves pasaron volando sobre el bosque y sobre él, y al igual que la primera vez, el patito agitaba sus alas y movía su cuello lleno de emoción, pero ¡oh, sorpresa! Esta vez sus alas se movieron con tanta fuerza, que lo levantaron por los aires. Sin entender cómo, estaba volando sobre su pantano, aunque al principio le costaba controlar hacia dónde iba.
Con más facilidad de la que pensaba, el patito logró controlar su vuelo, y motivado por la emoción, decidió ir detrás de tan hermosas aves.
“Tal vez no sea el más bello, pero quiero acompañarlos”, pensó para sus adentros. Y voló. Con decisión, se lanzó a toda velocidad tras los extraños y majestuosos pájaros que había visto.
Las aves bajaron a descansar en un lago en medio de un hermoso jardín y fue allí donde finalmente el patito pudo alcanzarlos. Se posó sobre el agua, se acercó y notó que no eran simples pájaros: ¡eran cisnes! Blancos y bellos.
Con toda valentía y con una sonrisa amistosa, el patito fue hacia ellos, diciéndoles:
“No se espanten, por favor. Solo quiero pedirles que me dejen acompañarlos en su viaje. Prometo no hacer ruido”
Mientras decía estas palabras, en señal de respeto y humildad, bajó la cabeza y ahí lo vio… Vio a un hermoso cisne, ubicado justo al otro lado del agua, ¡era su propio reflejo! No lo podía creer.
El patito feo miró y un niño lo señalaba, no con temor, sino lleno de felicidad, igual a como lo hacían los demás miembros de su familia.
Y colorín, colorado: este cuento se ha terminado.
"Caperucita Roja"
Autor: Charles Perrault
Nombre del Genero: Narrativo
Había una vez una dulce niña que quería mucho a su madre y a su abuela. Les ayudaba en todo lo que podía y como era tan buena el día de su cumpleaños su abuela le regaló una caperuza roja. Como le gustaba tanto e iba con ella a todas partes, pronto todos empezaron a llamarla Caperucita roja.
Un día la abuela de Caperucita, que vivía en el bosque, enfermó y la madre de Caperucita le pidió que le llevara una cesta con una torta y un tarro de mantequilla. Caperucita aceptó encantada.
- Ten mucho cuidado Caperucita, y no te entretengas en el bosque.
- ¡Sí mamá!
La niña caminaba tranquilamente por el bosque cuando el lobo la vio y se acercó a ella.
- ¿Dónde vas Caperucita?
- A casa de mi abuelita a llevarle esta cesta con una torta y mantequilla.
- Yo también quería ir a verla…. así que, ¿por qué no hacemos una carrera? Tú ve por ese camino de aquí que yo iré por este otro.
- ¡Vale!
El lobo mandó a Caperucita por el camino más largo y llegó antes que ella a casa de la abuelita. De modo que se hizo pasar por la pequeña y llamó a la puerta. Aunque lo que no sabía es que un cazador lo había visto llegar.
- ¿Quién es?, contestó la abuelita
- Soy yo, Caperucita - dijo el lobo
- Que bien hija mía. Pasa, pasa
El lobo entró, se abalanzó sobre la abuelita y se la comió de un bocado. Se puso su camisón y se metió en la cama a esperar a que llegara Caperucita.
La pequeña se entretuvo en el bosque cogiendo avellanas y flores y por eso tardó en llegar un poco más. Al llegar llamó a la puerta.
- ¿Quién es?, contestó el lobo tratando de afinar su voz
- Soy yo, Caperucita. Te traigo una torta y un tarrito de mantequilla.
- Qué bien hija mía. Pasa, pasa
Cuando Caperucita entró encontró diferente a la abuelita, aunque no supo bien porqué.
- ¡Abuelita, qué ojos más grandes tienes!
- Sí, son para verte mejor hija mía
- ¡Abuelita, qué orejas tan grandes tienes!
- Claro, son para oírte mejor…
- Pero abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!
- ¡¡Son para comerte mejor!!
En cuanto dijo esto el lobo se lanzó sobre Caperucita y se la comió también. Su estómago estaba tan lleno que el lobo se quedó dormido.
En ese momento el cazador que lo había visto entrar en la casa de la abuelita comenzó a preocuparse. Había pasado mucho rato y tratándose de un lobo…¡Dios sabía que podía haber pasado! De modo que entró dentro de la casa. Cuando llegó allí y vio al lobo con la panza hinchada se imaginó lo ocurrido, así que cogió su cuchillo y abrió la tripa del animal para sacar a Caperucita y su abuelita.
- Hay que darle un buen castigo a este lobo, pensó el cazador.
De modo que le llenó la tripa de piedras y se la volvió a coser. Cuando el lobo despertó de su siesta tenía mucha sed y al acercarse al río, ¡zas! se cayó dentro y se ahogó.
Caperucita volvió a ver a su madre y su abuelita y desde entonces prometió hacer siempre caso a lo que le dijera su madre.
"Hansel y Gretel"
Autor: Los hermanos Grimm
Nombre del Genero: Narrativo
Pues veréis, hace más de mil años vivía una familia muy, pero que muy pobre: El padre y sus dos hijos, Hansel y Gretel, y la egoísta madrastra, que no veía el momento de echar a los dos pequeños de la casa.
En esa época, la miseria y la falta de comida se habían apoderado de la ciudad y la familia, que vivía cerca del bosque, también estaba pasando por un mal momento.
– Sin dinero, sin comida… no sé qué podemos hacer, – refunfuñaba la madrastra.
– Mujer, saldré a cortar leña y seguro que salimos de esta, – contestó el hombre.
-Es imposible. No podemos salir adelante los cuatro. Hay que echar a los niños de casa; de lo contrario moriremos los cuatro de hambre.
– Eso ni pensarlo, ¿cómo vamos a dejar a los niños abandonados? – insistió el padre.
Mientras los padres discutían en la habitación, Hansel y Gretel escuchaban desde su cuarto.
La pequeña Gretel lloraba desconsolada. Pero Hansel tuvo una idea. Salió sigiloso de la casa y cogió muchas piedras, que escondió en el bolsillo de su abrigo.
A la mañana siguiente, la madrastra cogió a los niños y los llevó al bosque. Encendió un fuego y les dio un pedazo de pan a cada uno.
– Quedaos aquí mientras vuestro padre y yo vamos a trabajar, – les dijo la madrastra.
Los niños obedecieron, pero al caer la noche se dieron cuenta de que nadie los iba a recoger.
Entonces Hansel se levantó y le dijo a su hermana – tranquila Gretel, he dejado caer unas piedras al venir para que encontremos el camino de vuelta –
Y así, los pequeños regresaron a casa, sanos y salvos.
El padre estaba tan contento de verlos, que no pudo contener las lágrimas.
Pasó largo tiempo y la falta de trabajo y de dinero se volvió insoportable. Entonces, la madrastra volvió a increpar al padre para que abandonasen a los niños en el bosque. Por supuesto, el padre no quiso seguir hablando del tema.
Hansel y Gretel escucharon la discusión y Hansel se levantó de la cama para recoger más piedras, por si volvían a llevarlos al bosque.
Pero en esta ocasión, la malvada mujer había cerrado la habitación para que el niño no pudiese recoger piedras.
A la mañana siguiente, Hansel cogió un trozo de pan y lo desmigajó en el bolsillo de su abrigo.
Entonces, la madrastra volvió a llevarlos al bosque, aunque en esta ocasión fueron mucho más lejos. De nuevo, encendió un fuego y les dio un pedazo de pan a cada uno.
– Quedaos aquí mientras vuestro padre y yo vamos a trabajar. – les dijo la madrastra.
Los niños obedecieron y, al caer la noche, entendieron que de nuevo la madrastra los había abandonado en el bosque.
Entonces, Hansel le dijo a su hermana – no te preocupes hermanita, he ido dejando un rastro de migas de pan por el camino para que podamos volver a casa –
Pero cuando los pequeños intentaron buscar las migas de pan, se dieron cuenta de que los pájaros se las habían comido.
Tristes y solos, los pequeños comenzaron a caminar intentado encontrar algo que les pareciera familiar para llegar a su hogar. Sus esfuerzos no sirvieron de nada y, al amanecer, cayeron rendidos junto a un árbol.
Cuando despertaron, pudieron ver, entre los árboles, una casita. Se acercaron para pedir ayuda y cuál fue su sorpresa, cuando se dieron cuenta de que la casita estaba hecha de chocolate, mazapán, azúcar y todos los dulces que podían imaginar.
Los hermanitos comenzaron a comer sin pensar en quien podía vivir en aquel dulce lugar. Tenían tanta hambre que no podían pensar en nada más.
De repente, una anciana mujer, de voz dulce y aspecto endeble, salió de la casa y los invitó a tomar unos pasteles y un poco de leche.
Los niños sintieron que al fin estaban a salvo.
La anciana los acostó en una limpia y cálida cama y los pequeños durmieron tranquilos.
Pero al amanecer, cuando todo estaba en calma, la anciana agarró del brazo a Hansel y le encerró en una jaula.
Agarró a la niña y le dijo, tú me ayudarás a dar de comer a tú hermano hasta que esté bien gordito y, entonces, me lo comeré guisado.
La niña estaba muy asustada y sólo podía obedecer a la vieja bruja.
La bruja, que andaba mal de la vista, pedía a Hansel que cada día sacase un dedo para ver si había engordado. El niño, había cogido un hueso de las comidas que le servían y lo hacía pasar por su dedo.
La malvada anciana no entendía como podía seguir tan delgado con la cantidad de comida que le estaba dando.
Harta de esperar a que el niño engordase, un día, decidió que se comería a los dos hermanos, para compensar la delgadez de ambos.
Hizo a la niña que encendiera el fuego para el caldero y que avivase el calor del horno para el pan.
Pero Gretel temió que lo que iba a suceder era que la vieja se los iba a comer.
Cuando la bruja le dijo – niña, abre la puerta del horno y comprueba si hay suficiente calor –, la pequeña se hizo la despistada – Pero señora, yo no tengo fuerza para abrir esta gran puerta–
La bruja, que ya estaba harta de tanta torpeza, se acercó al horno y lo abrió por sí misma.
Fue en ese momento de despiste, cuando Gretel empujo a la bruja dentro del horno y cerró la puerta para que no pudiera salir de ahí.
Corrió junto a su hermano para decirle que había acabado con la malvada bruja y los pequeños se abrazaron de alegría.
Volvieron a la casa para coger algo de comer e intentar regresar a su casa. Fue entonces cuando encontraron piedras preciosas y joyas escondidas en los cajones de la casa de la anciana. Se llenaron los bolsillos de aquellos tesoros, cogieron unos trozos de pan y huyeron de aquel lugar.
Caminaron todo el día, hasta que Hansel vio algo que le resultó familiar – ya estamos a salvo hermanita, he recordado el camino de vuelta a casa –
Los pequeños llegaron a su casa, donde su padre los recibió con gran alegría y amor, pues la malvada madrastra, a la que el padre había echado de casa, los había llevado al bosque sin su consentimiento.
Entonces, los niños comenzaron a sacar todas las piedras preciosas que traían guardadas en los bolsillos. Los tres rieron y se abrazaron muy felices por haber vuelto a reunir a su pequeña familia.
Hansel, Gretel y su papá nunca más se separaron y no volvieron a pasar calamidades, gracias a los tesoros que habían encontrado en la casa de la malvada bruja.
Y fueron muy, muy felices y comieron…todo lo que se les antojó.
FIN
"Los Tres Cerditos"
Autor: Anonimo
Nombre del Genero: Narrativo
"Ricitos de Oro"
Autor: Robert Southy
Nombre del Genero: Narrativo
Erase una vez una niña a la que todos conocían como Ricitos de Oro.
A la pequeña le encantaba pasear y recoger flores en el campo. Una mañana, Ricitos de Oro se alejó algo más de lo normal y acabo perdida en el bosque.
De pronto, vio una preciosa casita a lo lejos y decidió acercarse para pedir ayuda.
Pero cuando llegó no encontró a nadie. Sin embargo, la pequeña, que era bastante curiosa, decidió entrar en la casa, aunque nadie le había dado permiso.
Dentro, todo era muy acogedor; había flores y unas preciosas cortinas de encaje. Olía a sopa recién hecha y, de hecho, había tres platos llenos, que parecía que estaban esperando a ser comidos.
Ricitos de Oro estaba hambrienta, así que decidió comer algo. Probó la comida del plato más grande, pero estaba demasiado caliente. Entonces, decidió probar la sopa del plato mediano, pero estaba muy fría. Sin embargo, la sopa del plato pequeño estaba justo a su gusto, templada, ni muy fría, ni muy caliente y, casi sin darse cuenta, se tomó el plato entero.
Después, se sintió algo cansada y se dirigió hacia la chimenea, donde también había tres butacas perfectas para reposar la comida. Se sentó en la primera, pero era demasiado blanda. Luego, se acomodó en la segunda, pero era una mecedora de madera y a Ricitos le pareció tremendamente dura. Al fin se sentó en una butaca algo más pequeña, pero muy cómoda, ni demasiado blanda, ni demasiado dura. Estaba a punto de echar una cabezadita cuando la butaca se rompió, tal vez era demasiado pequeña para el peso de la niña.
La pequeña siguió curioseando la casa y, al fin, encontró el dormitorio donde había tres preciosas camas.
Probó la cama más grande y ancha que había en la habitación, pero era tan blanda que casi se quedó atrapada en ella. De un salto se pasó a la cama mediana, pero era tan dura que cuando cayó sobre el colchón se hizo un chichón. Algo dolorida y muy cansada se tumbó en la cama más pequeña. Esta última era tan cómoda que no pudo evitar quedarse profundamente dormida.
Los dueños de la casa, una familia de osos, regresaron de su paseo diario.
Papá Oso, Mamá Osa y el Pequeño Osito entraron en su casa y notaron algo extraño.
– Alguien ha probado mi sopa – dijo Papá Oso.
– Y la mía – indicó Mamá Osa.
– Pues alguien se ha comido todo mi planto de sopa y no me ha dejado nada – se lamentó el Pequeño Oso.
La familia estaba bastante confusa y se acercó a la chimenea para intentar averiguar qué estaba pasando.
Entonces, Papá Oso se dio cuenta de que su butaca había sido usada. Mamá Osa también observó que su mecedora no estaba en su lugar de siempre. De pronto, el pequeño Osito comenzó a llorar – alguien se ha sentado en mi butaca y la ha roto –
Mientras Papá y Mamá consolaban al pequeño, les pareció escuchar un ruido en la habitación.
Papá Oso se dirigió al dormitorio, seguido de Mamá Osa y Osito.
Las camas de mamá y papá Osos estaban deshechas, pero lo realmente increíble fue que en la cama del Osito había una niña de rizos color oro, que descansaba plácidamente sin que nadie la hubiese invitado.
El Osito gritó – seguro que ha sido ella la que se ha comido mi sopa y roto mi butaca y ahora está estropeando mi cama-
La familia de osos estaba bastante enfadada, pues no sabían quién era aquella niña, ni porqué había entrado en su hogar.
Con tanto alboroto, Ricitos de Oro se despertó y se encontró con los tres osos que la miraban fijamente.
Fue tal el susto que se llevó que salió de un salto por la ventana y corrió tanto que rápidamente encontró su casa.
Cuando Ricitos le contó a su madre lo sucedido, esta le dijo – Siento mucho el susto que te has llevado pequeña, pero cómo crees que se han debido sentir ellos al ver que has invadido su casa, roto sus pertenencias y alborotado su dormitorio, sin que nadie te hubiese invitado –
Ricitos de Oro entendió que no debía tomar las cosas de otras personas o animales sin que le dieran permiso y, arrepentida por su comportamiento, decidió regalar al pequeño oso su sofá favorito, en compensación por el que le había roto.
Y así fue como una mañana, cuando la familia de osos volvía de pasear, se encontraron un precioso sofá en la puerta de su casa…y comprendieron que era Ricitos de Oro, que les pedía disculpas.
FIN





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